martes, 26 de noviembre de 2013

Sacrificios

Echas la mirada atrás y te das cuenta de la cantidad de  sacrificios hechos a todos los niveles. 

¿Y al final para que? Para quedar como idiota incrédulo cuando te dan el frío portazo en la cara. Sin apenas saber qué decir, porque ni siquiera quien te cierra la puerta tiene muy claro por qué, o al menos no quiere decírtelo.

 Y aún así uno intenta que la puerta quede entreabierta para un último y estúpido intento, agarrándote a una puñetera última esperanza, sobretodo de entender que cojones ha pasado, y no solo te le han puesto el pestillo, si no que sin ni siquiera dignarse a usar la mirilla te hablan desde el otro lado de la puerta pidiendo que no intentes abrirla, que la llave ya no funciona.

Tantas horas utilizadas y sacrificadas para que al final todo esto se desmoronara en una falsa realidad, más falsa de lo que al final yo mismo quise creer. Cuando más empezaba a pensar que era una realidad palpable, se convirtió en una cruda e hiriente mentira. Y la cara de tonto no te la quita nadie.

Una vez que enfrentas la realidad y te das cuenta de que había en realidad, lo empiezas a sobrellevar. El problema es cuando echas la vista atrás, que según el día la herida sangra más o menos, te llenas de melancolía, rabia, o incluso alivio. 

Cuando se trata de melancolía sólo puedes joderte y aguantarte las ganas de pensar en cualquier tiempo pasado. Tirar a mirar hacia delante y sobretodo luchar porque el negativismo no te invada y te coma las fuerzas. Por que señores ese es otro sacrificio.. que te quiten las ganas de todo, que no sigas adelante con algún proyecto por culpa de la falta de ganas. Por perder tiempo pensando en algo que ya no solo no merece la pena, si no que no merece ser recordado siquiera.

El día que es alivio, aún lo agradeces, pero cuando entra la rabia, es casi peor que la melancolía. Empiezas a recordar los malditos sacrificios, pero a todos todos los niveles. Y no hablo ya de horas, o del esfuerzo económico. Ni de los esfuerzos por cuadrar cosas en el trabajo para poder permitirme ir. Hablo de los sacrificios mentales y sentimentales, porque aseguro que en ningún momento esta situación fue fácil. Y hubo que echarle "muchas guindas al pavo".  Te dan ganas de todo.. primero de pedir compensaciones. Pero eso a alguien como a mi no le va a llenar. Se te llena el cuerpo de ira, y de ganas de venganza, un cabreo monumental. Al final acabas dándote cuenta por suerte de que no tienes nada por lo que "vengarte". Pero el primer impulso es muy peligroso. Suerte que me enfrío casi tan rápido como me caliento. 

El mismo día que me golpearon con la pesada puerta de metal, la más fría y pesada que encontraron, me entraron las peores ganas de cometer una locura propia de un estúpido crío de 15. Esas locuras que ahora en calma recuerdas y piensas casi avergonzado "menos mal que no hice nada".. 

Ese mismo día la rabia fue de las más incontroladas, sobretodo por el calor del momento. Por suerte tengo unos amigos cojonudos; pocos, porque yo puedo presumir de tener pocos, como siempre elegí tener; pero cojonudos. Que a pesar de ser los mejores que podrían tener, no paran de sorprenderme en como apoyaron a la causa, hicieron sus propios sacrificios, y en como me volvieron a la realidad, evitando que hiciera cualquier estupidez. Por no hablar de como me ayudaron a volver a ser yo, en parte. Que no debo ser exactamente yo, pero de eso ya hablaré en otro momento si me apetece.

Es por gente así por la que si merece hacer sacrificios, y lo haces gustosamente. Sabiendo que no tendrás nunca que arrepentirte por haberte sacrificado. Pero cuando te has sacrificado por algo en vano, duele.. y duele bastante más de lo que pensaba.

Por suerte, cada vez es más la sensación de alivio que la de rabia, o melancolía. Alivio de que esos sacrificios no volverán a repetirse.


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